viernes, 16 de mayo de 2014

23.



La vida consiste en elegir.



Poner al mal tiempo, buena compañía.


Ilusionarse con cada nuevo trayecto.


Viajar y encontrar tu identidad por contraste.


Descubrir tesoros olvidados.


Y compartir. Porque compartir, es vivir dos veces.



Un día nos despertamos y como si fuera por arte de magia aparece alguien que ayuda a que sigamos con nuestro legado. Alguien que resucita una parte olvidada de nuestra infancia. Cuesta, es difícil encontrar personas que marquen sin apenas conocer. Tener la sensación de que llevas media vida en su compañía. Y la certeza de que aunque la vida pasa y nos transforma la lección servirá hasta la eternidad. Es en los pequeños matices donde residen los valores de los grandes. Y tú, sin duda, lo eres mucho.

Quizás y solo quizás seamos demasiado. Algún ingles que otro estaría de acuerdo en afirmar que lo nuestro no es normal. Desmesurada y descaradas. Nuestra risa resuena en las calles lluviosas encendiendo ilusiones encerradas. Porque un día sin reír, es un día sin vivir. Contigo cada día vale.

Todo suma, to cuesta, todo pesa. Y no es una carga. Es un kit de primeros auxilios en caso de no encontrar el plan Z que habíamos preparado por si los sueños caían. La huida no es una opción. A contracorriente se puede vivir. Deberíamos vivir con la tranquilidad de poder decir que los días y las noches marcan. El tiempo no es oro, es vida. Y esta es la nuestra. Escribamos nuestros propios pasos y desaprendamos todo aquello que se puede convertir en obstáculo. Aprendamos a desaprender porque de nada sirve si nos frena ante nuevas alternativas.

La vida va avanzando entre las miles de historias de ciudades que nunca descansan. La fortaleza de uno reside en la capacidad de adaptación. De aceptación. Pero sin resignarse. Hay que aprender que las constantes vitales varían y que eso demuestra que todo sirve. 

Hacer trampas, saltarnos algún escalón. No todo vale por llegar a la cima, pero que no nos engañen. Nuestros sueños son la prioridad. En el camino aprenderemos que la única manera de alcanzarlos es compartirlos. Cada persona, aunque no lo parezca, tiene una lección que darnos. Cada día se aprende. El día que no aprendamos, mejoremos. El día que no tengamos más proyectos que recuerdos, siento decirte que ese día habremos muerto un poco más en vida.

La magia ocurre cuando dejamos llevarnos. Desconectar y aprender a bailar al filo del atardecer. Por las etapas vividas y por las que vendrán. Porque podamos seguir contando con nosotras mismas.


Aprendamos que lo que cuenta es lo que marca. Aquello a que le damos el valor para que continúe a nuestro lado. Aquello que aunque pasemos de página siga viajando capitulo tras capitulo. Nunca sabremos cual es nuestra parada. Si seguiremos hasta al final juntas, si alguna de las dos bajara primero o si decidiremos cambiar de vagón en plena marcha. Sea como sea disfrutemos del ahora.

Gracias por enseñarme el valor de ser una misma. Soy una afortunada por haberte encontrado. Porque mañana descubramos un nuevo paso hacia nuestros sueños. Por las ilusiones. Porque dejemos a correr en dirección contraria. Por tus 23.

Te quiero,








Lorena  Burriel Catalán.

jueves, 15 de mayo de 2014

Blanca.


Era pasada media noche cuando cerró despacito la puerta trasera de la cocina y se enfiló por el diminuto camino hasta llegar a la avenida principal. En tan solo unos metros la realidad cambiaba asombrosamente. De las sombras en las que estaba sumido su piso a las luces resplandecientes de la ciudad candente.

No tenía un destino preestablecido. Simplemente necesitaba vagar solitaria sin rumbo fijo. Hallar aquello que ni tan siquiera sabía que buscaba. Encontrar en ojos desconocidos los que otros rompieron. Una inocencia desolada a temprana edad.  Una adolescencia que, a priori, parecía que jamás llegaría.

Necesitaba dormir en el cielo. Él le había prometido  la luna y aunque fuera a tientas no iba a desistir por cumplir aquella promesa infantil que tanto le marcó. Cada mañana corría a su cama para ver si por fin había conseguido bajarla. Por eso y aunque fuera lo último que pudiera contar, lo conseguiría.

Tras deambular soñolienta por las repletas calles de sueños truncados diviso su cometido. Sabía que aun sin saber entendería a por lo que había salido a encontrar. Entre los edificios surgía como si fuera la octava maravilla del mundo. Simple, fuerte, hermética.

Corrió sin mirar atrás. Ansiaba por llegar. Y una vez la tuvo delante, escaló. Escaló hasta llegar a la cima. Hasta poder sentarse y mirar decidida al vacío. Y allí se encontraba ella. Subida a una grúa de 43 metros de altura rozó su sueño. Abrazó la luna. Así fue como entendió la existencia de la oscuridad.


Nunca se había sentido tan viva. Desde las alturas todo se ve desde otra perspectiva. 

Lorena Burcat.

miércoles, 14 de mayo de 2014

SOMOS


Somos aquel libro que olvidamos en el asiento del autobús 94 de Londres. Lo que no olvidamos en aquella ruta fue la intensa mirada del chico de atrás. Su sonrisa profident. Su reflejo en el cristal congelado que eclipsaba la nocturnidad de la ciudad.

 El perro imaginario que teníamos porque mama decía que cuando tuviéramos nuestra propia casa ya haríamos lo que quisiéramos. El pato que la tía nos compró como compensación. No sé qué le molesto más a  papá si acabar teniendo mascota o que Lucas fuera nuestro favorito y el pasara a un segundo plano durante unos meses. Sé que no nos lo tiene en cuenta. Solo teníamos cinco años. De hecho Carlos ni estaba, tras su nacimiento el paso a ser el numero uno y aun nadie le ha quitado el puesto. Hace ya diecisiete años que ambos comparten pódium.

Somos aquella redacción sobre la mágica relación entre un pez y la luna que nunca entregamos en aquel concurso de 6º de primaria. Quizás hubiéramos ganado y ahora seríamos igual pero con un premio más. Quizás hubiéramos perdido y hubiéramos desistido en el camino de ser escritores. Enigmas que quedaron sin resolver. Aprendimos a no preguntar por aquello de lo que no estamos seguros de querer saber la respuesta.

Somos aquella sonrisa enigmática del chico de lila. Aquella cara de boba. Somos las flores que nos regalaron nuestras amigas para los dieciocho. Solo duraron dos semanas. Pero en nuestra retina seguirá grabado su olor. Aquella noche de verano en una cala de Blanes. Aquella brisa marina que erizaba la piel. Gracias a la que recibimos su primer abrazo. También fue el último. Pero nunca conseguimos olvidarnos del italiano que nos encandilo a los quince.


Somos todo lo que hemos vivido. Lo que está por llegar. Somos todas las partículas. Los recuerdos que completan nuestra vida. Los instantes que alumbran cuales luciérnagas nuestras tinieblas. Somos todo aquello que queremos ser. Porque en la vida todo depende del cómo. Y el cómo, solo depende de mí. 

Lorena Burcat.

martes, 13 de mayo de 2014

Improbable, no imposible.


A veces vivimos historias que creemos únicas. Y cuando la función acaba todo se viene abajo. No hay hoja siguiente en la que seguir escribiendo porque sentimos que se acabó el libro. Todo es oscuro. Un túnel sin salida. Y así se lo hacemos saber al mundo. Día tras día. Sin darnos la oportunidad de seguir caminando. Nunca se sabe que podemos encontrar al girar la esquina.

Deberíamos hacer como al final de las películas. Cuando la cámara se aleja y la ciudad se queda suspendida en medio de las emociones provocada por una historia irrepetible. Improbable, pero no imposible.  En ese instante es cuando caemos en un pequeño detalle. Minúsculo. La historia que acabamos de vivir resulta ser un simple punto luminoso en medio del bullicio frenético de una ciudad que nunca descansa.

Porque si somos capaces de dar la perspectiva necesaria la vida cobra otro sentido. Quizás no queramos darnos cuenta de lo sencillo que es llamar a la puerta de enfrente, de devolver la sonrisa al camarero con el que sueñas. O descolgar una llamada al que, seguramente, será el peor polvo de tu vida.   Todo son suposiciones.  Jamás descubriremos sí el vecino del 6C desayuna café o cuantos lunares tiene en la espalda. Porque nada pasara si no eres capaz de dar un paso más.

No son necesarias estrategias, ni planes dignos de la CIA. Simplemente empecemos por obviar que es difícil. Que no está disponible. Porque si fraccionamos aquello que nos propongamos todo está a nuestro alcance. Solo hay que dejarse llevar y provocar la casualidad necesaria para conocer cuál será el siguiente capítulo.


Porque como en cualquier comedia romántica, solo depende de nosotros crear la oportunidad que andábamos buscando. Quien busca encuentra. Solo nuestra actitud determina nuestra altitud. 

Lorena Burcat.

lunes, 12 de mayo de 2014

HUNTER.


A la caza de un sueño improbable salimos esa noche. Preparadas, seguras de nuestra misión, decididas a dar con nuestro objetivo. Leonas a punto de atrapar a su presa y no dejarla escapar. Al menos no hasta que volviera a salir el sol.

Londres fue el escenario de una película de acción. Estábamos dispuestas a cazar estrellas. A olvidarnos de los miedos por unas horas y salir a arriesgarlo todo. A jugarlo todo “all in”. Sin vuelta atrás nos dirigimos con paso firme a Cranberry. No hay otro sitio posible para olvidar lo que estábamos dispuesta a empezar.

Las calles repletas de postadolescentes buscando una oportunidad para tener una noche de lujuria y desenfreno. No había escapatoria. Ni teníamos ninguna intención de buscar un plan B. Sabíamos  a lo que íbamos e íbamos a por todas. O, al menos, así nos sentíamos.

Siempre digo que lo mejor ocurre a partir de medianoche. Y no me equivoqué. Quizás conseguimos nuestro objetivo. Quizás acabamos siendo la presa de algún cazador nocturno. Ya se sabe, el cazador cazado. Quizás recibimos la invitación a una rave ilegal en un suburbio londinense o algún que otro unicornio nocturno traspuesto intento que viéramos las estrellas gracias a su ingenio. Pero no seré yo quien revele el secreto de aquella noche. Dejad volar vuestra imaginación.

Eso sí, aprendí una gran lección. En buena compañía se puede lograr alcanzar la luna sin moverse de la barra del bar. Todo es posible sí se sabe dar con la tecla adecuada.  Cualquier noche buena se puede convertir en inolvidable. Para ello es necesario reírse hasta olvidar el porqué de tanta felicidad.


Porque la locura colectiva es contagiosa. Y aquel fin de semana solo importaba dejarnos llevar. Fue memorable, sin duda. Recuerdos como estos hacen que hoy continuar sea un poco más fácil. Gracias.

Lorena Burcat.

viernes, 9 de mayo de 2014

Londres.


Las manecillas del reloj seguían avanzando. Los latidos se aceleraron y la respiración se entrecortó. Nunca creí en las casualidades hasta que te vi.

Te encontré de pie, apoyado en la esquina de Elizabeth St con Buckingham Palace Rd a las diez y media de la noche un 9 de mayo de un año cualquiera. La mirada perdida y las manos en los bolsillos. No creía que Londres podría sorprenderme a estas alturas. Me equivocaba.

Me equivocaría cada día si el resultado de tal fallo fuera encontrarme de nuevo contigo. Fueron solo unos minutos pero cuando nuestras miradas se cruzaron el ambiente se caldeo y la magia hizo su aparición estelar.

Valentía. Picardía. Eso fue lo que me falto para acercarme y decirte mi nombre. O simplemente darte un papel con mi número de teléfono. Quizás te atrevieras a llamarme. Quedáramos y escapáramos durante dos días de la presión de la rutina por las lluviosas calles londinenses. Sin nombres, sin ataduras. Así sería más fácil para los dos. Un fin de semana, una aventura clandestina y dos desconocidos. Suena realmente apetecible.

 Siempre llega el domingo y con él las despedidas. Como las odio. El marcador se pondría a cero de nuevo. Y con ello debería llegar el olvido para no acabar trastornada por los recuerdos idílicos de 48 horas de desenfreno. Deberíamos ser capaces de arriesgar. Solo así seriamos conscientes de lo que somos capaces. De cuantos amaneceres podemos permanecer unidos.

¿Sabes lo curioso de todo esto? Es que aún no te he conocido. Aún faltan tres horas para embarcarme rumbo a Londres. A las diez y veinte llego. Lo digo por si te apetece. Esta vez prometo dejarme llevar. Lo bueno aún está por llegar. Lo prometo.


Lorena Burcat.

jueves, 8 de mayo de 2014

Nos lo debemos.


A veces nos ofuscamos tratando de abrir una puerta cerrada. De continuar por un camino sin salida. Un callejón sin retorno. Nuestra creencia es tan grande que somos incapaces de replantearnos que es lo que podría llegar a  valer lo suficiente como para continuar intentándolo hasta la extenuación.

Creer que algo no es para nosotros no justifica que nos cerremos en banda. Que debamos olvidar. Darnos por perdidos. A veces encontramos algo tan, tan bueno que somos incapaz de aceptar que es nuestra oportunidad.

Por eso preferimos seguir intentándolo con imposibles. Con puertas que no se abrirán. Y que sí algún día, por casualidad, se abrieran  lo único que encontraríamos sería una habitación vacía. A veces no creer en nuestras posibilidades hace que perdamos trenes realmente fascinantes.

Así que cuando encontremos una puerta cerrada quizás deberíamos buscar una ventana por la que salir. Porque la probabilidad de encontrar es proporcional a la ilusión con la que buscamos.

Sin riesgo no hay aventura. Y aunque sea cedámonos un fin de semana para no pensar. Para volar y derrumbar los muros de contención. 48 horas. Estoy convencida que si decidimos olvidarnos del tiempo perdido y bailamos encontraremos el improbable más satisfactorio jamás soñado.


Nos lo debemos.  Solo es necesario un instante para rozar la eternidad. 

Lorena Burcat.