lunes, 14 de julio de 2014

Nirvana


Aquí estamos. A punto de sucumbir a la tentación. Aventurarnos a perder, solo por esta noche. Dejarnos llevar. Aferrarnos al ideal de que lo bueno aún está por llegar.

Sacudir los miedos de no acertar con las expectativas. De que el valor este demasiado en alza. No estar a la altura. O pero, que acabes siendo un egoísta. En la cama. Que nos deje insatisfecha. Que no cumpla. Que ni lo intente. 

Y aun a sabiendas de que todo lo anterior puede acontecer estar dispuestas a derrumbar los muros de contención a gritos. Acabar cayendo. Rindiéndonos ante la evidencia. Derrotando la voz interior que aseguraba que no íbamos a poder. Que las circunstancias y la presión iban a vencer.

Porque al final todo es empezar. Avanzar. Y derrumbarnos de placer. Lujuria desmesurada. Que sea la incertidumbre del que vendrá la que nos guíe. Aprender a tientas el camino. Recorriendo tu cuerpo a mordiscos. Explorar cada centímetro. Aprender cual es el botón exacto de la rendición. Acabar superando lo preestablecido. Haciendo saltar todas las alarmas de emergencias habidas y por haber.

Mañana ya veremos que pasara. Ya responderemos a las preguntas que hoy tanto tememos formular. Esta noche gocemos hasta extasiarnos. Próximo destino, el Nirvana.


Lorena Burcat.

viernes, 11 de julio de 2014

Primeras veces.


La vida está construida a base de primeras veces. Algunas son más memorables que otras. Las hay que abren puertas y otras suponen puntos y aparte. Algunas acercan posiciones y otras, en cambio, hacen que la distancia se convierta en un abismo.

Siempre esperamos que nos dejen un buen sabor de boca. Que nos inciten  a continuar, a querer más. A necesitar saber que vendrá después. Leyendo a ciegas que paso es el siguiente. Cual nos abrirá las puertas a nuevas sensaciones.

Las emociones son las fieles compañeras de las primeras veces. Siempre están ahí demostrándote el valor de arriesgar a no pensar. Dejar que las cosas fluyan, que simplemente ocurran.


Existe el contrapunto. Los miedos. Aquellos que nos paralizan. Que hacen que dudemos hasta de por dónde sale el sol. Aquellos que no permiten que disfrutemos avanzando en este serpentuoso camino de victorias y aprendizajes.

Son imprescindibles. Cuando los halléis no huyáis en dirección contraria. Enfrentarlos. Hablad con ellos. Intercambiad opiniones. Porque siempre ocultan parte de una verdad que nos sirve para aceptar el grosor de cada situación.

Cada primera vez tiene su final. Aquel punto y seguido. Quizás simplemente sea un hasta luego. O un hasta siempre va a ser nuestra mejor opción. Sea cual sea el resultado final es increíblemente placentero detenernos a saborear el trayecto. El trascurso de los acontecimientos. Permitirnos dar un paso más y vivir la realidad.

Es difícil que ante nuevos retos no tengamos miedo. A fallar. A fracasar. A no estar a la altura de la circunstancias. Pero de lo único que podemos atemorizarnos es de permitir que los miedos decidan.

En la vida hay que encontrar aquello que nos apasiona. Aquello por lo que estamos dispuestos a seguir hacia adelante. Aquello que nos mueve y nos conmueve. Solo encontrando el significado de la ilusión seremos plenamente felices. Porque entonces seremos capaces de ver la vida con los ojos de un niño. Y cada amanecer será un nuevo reto de  desafíos. Nuevas oportunidades que nos permitirán seguir creciendo hasta que un día estemos listos para despedirnos.


Lorena Burcat.

jueves, 10 de julio de 2014

Malvivir.


Hay días que son fundidos a negros. Días en que no hay ni musas ni besos robados que resuciten la inspiración perdida. Días que el dolor es tan intenso y la batalla interna tan potente que solo podemos optar por llorar. Hacernos un ovillo en la cama y mañana será otro día. Es en esos días en los que sientes que el oxígeno es tan escaso que poco más puedes hacer.

No es momento de dramatismos ni de llantos baratos.

Cuando la oscuridad se cierne sobre nosotros solo podemos disfrutar. Relajarnos. Sentir las lágrimas secarnos la piel y volver a empezar.

Solemos encontrar culpables fácilmente. Reconocer los errores en los que se han convertido los demás. Gritar de rabia y frustración por no saber continuar. Y declarar que el responsable es el pasado que no te deja avanzar.

Recordar una y otra vez cuánto daño nos hicieron. Cuanto nos jodieron. Hasta hacernos creer que nada podríamos vencer. Hasta hacernos sentir que nuestra única opción era sobrevivir.

Con el paso del tiempo pasamos de sobrevivir a malvivir. A mendigar caricias por tal de reducir la soledad. Abrazarnos sin tocarnos. Aceptar caridad por sentirnos uno más. Malvivimos por la creencia instaurada de que necesitamos el amor ajeno para continuar. Para ser felices.

Lo que a nadie se le ocurrió explicarnos es que malviviendo se puede sobrevivir. Pero nunca llegaremos a ser felices. Porque la única opción de vencer y avanzar es asumir que el único responsable del pasado, presente y futuro somos nosotros mismos. Que aunque los agentes externos afectan no determinan.

Por eso mañana será otro día. Para empezar o para acabar. Para desistir, desfallecer o empezar de nuevo otra vez. Cada amanecer nos da la oportunidad de decidir que queremos llegar a ser. Cada día es una nueva ocasión de dejar de malvivir y aprender a escribir el capítulo que queremos vivir.

Lorena Burcat.


miércoles, 9 de julio de 2014

Incógnitas dolorosas.


Hay veces que el dolor del fracaso es tan profundo que solo se puede diluir a golpes.

Es como esos polvos de reconciliación en los que es imposible llegar al orgasmo. Ni se disfrutan ni cierran heridas. Porque no hay una búsqueda en común, solo son dos personas desahogándose incapaces de mediar palabra. Cuerpos vacíos. Almas carentes de paz. Se mueven por instinto intentando aliviar tensiones que jamás se resolverán. Porque el problema no es con el otro. El problema es que somos incapaces de ser coherentes con nosotros mismos.

Alexa seguía aferrada a la idea de que nunca es tarde. De que las casualidades siempre se convierten en causalidades. Y aunque las manecillas del reloj hacían trece minutos que pasaban de la hora prevista ella seguía creyendo que aparecería.

Aquella mirada retante de un desconocido era lo que hacía que estuviera en vilo todo el día. Suponia su bocanada de aire fresco hasta el siguiente amanecer. Eran apenas tres minutos entre un cambio y otro de autobús pero servían para entender que aquello podía llegar a ser algo más. Aún tenía que descifrar que significaba aquella incógnita. Pero sin duda se sentía protegida sabiendo que mañana tras mañana el estaría ahí para salvarla.

El primer día que lo vio se quedó sin respiración. Cuando, tras dos semanas de tormento fantaseando con Don misterioso él se fijó en ella la boca se le secó. El pulso se le acelero y sintió la enorme necesidad de saltar al vacío. Daba igual que se encontraría tras la caída pero al menos sentiría que seguía viva.

Es extraño necesitar de alguien para seguir avanzando. Más si no tenemos ni siquiera un nombre para saciar nuestra curiosidad. Pero la forma imperiosa y desafiante que aquel hombre tenía para hacerla sentir mujer hacían que cualquier imaginación irreal e imposible tuvieran sentido.

Y sin haber conseguido ni una sonrisa completa míster perfecto desapareció sin dejar rastro. Haciéndola sentir como si todo hubiera formado parte de una alucinación muy placentera pero absurda.

Y entonces llego el dolor.

Porque podemos suponer todo y más, pero si no tenemos nada tangible a lo que agarrarnos como tabla de salvación para continuar acabamos ahogándonos.

La vida está llena de enseñanzas que nos indican que todo es cuestión de priorizar. Quizás si se hubiera atrevido a cruzar esos metros que le separaban ahora tendría un apellido, incluso un número de teléfono. Quizás no dormiría sola por las noches, ni  tendría que fantasear para llegar al clímax porque él la haría llegar. Quizás el fuera el tipo que siempre estuvo esperando sin saberlo. Quizás hubiera sido un error más en la larga lista de aprendizajes.

Ya de nada sirve preguntarse qué hubiera sido de Alexa sí hubiera arriesgado. Lo que es seguro es que no ardería de rabia como lo hace ahora. Porque el dolor se apodera de sus sentidos por no ser capaz de perdonarse que un día no fuera capaz de arriesgar.

Dicen que el tiempo todo lo cura.


Queridos mortales, para la próxima déjense llevar. Puede que acaben dolidos pero al menos no habrá dudas que no puedan saciar su curiosidad.

Lorena Burcat.

martes, 8 de julio de 2014

Diosas nocturnas.


La noche había sido larga. Devastadora. No podía más. Quizás como decía Luis se había vuelto un viejo. El tiempo empezaba a pasar factura. La cabeza le daba vueltas y más vueltas y no dudaba que en cualquier momento empezaría a delirar.

Y ocurrió.

El tiempo se paró. El oxígeno desapareció y empezó a sentirse mareado. Las alucinaciones estaban haciendo de las suyas.

Debía medir no más de metro sesenta. Morena. Con unos ojos azules que eclipsaban a la luna llena que hoy iluminaba a los mortales que vagaban a esas horas por las calles de la eterna ciudad. Piel aterciopelada. Simplemente deliciosa.

Martin conocía las historias de las extrañas criaturas que habitaban en la nocturnidad londinense. Seres de en cuento capaces de volverte loco para desaparecer al día siguiente sin dejar rastro. Ni un mísero número de teléfono. Ni tan si quiera un nombre al que suplicar en soledad.

Eran mujeres independientes. Incapaces de comprometerse más allá de esa noche. Podías mendigar su pasión, su atención, su cariño. Pero de nada serviría. Nunca desayunaban en compañía.

Y a pesar de las numerosas advertencias no podía apartar sus ojos de esa magnética mujer. Un misterio sin resolver que le quitaría el sueño. No sabía discernir con claridad si eran las copas de más que le estaban pasando una mala jugada o realmente esa sirena de ciudad estaba sentada dos asientos más adelante.

Solo hay una posible solución a una cuestión sin respuesta. Averiguarlo.

Tomo aire y decidió ir a por todas. Quizás ya no era el muchacho de veintitrés años capaz de comerse aquello que se le pusiera por delante pero seguro que podría lidiar con el vacío existencial que mañana sufriría su cama al no ver más a esa diosa de las nieves.

En la vida no podemos plantearnos más de tres seguros si vamos a arriesgar o no. Antes de ponerse en pie la ninfa ya había desaparecido. Bajó en algún punto de Hyde Park y desapareció entre callejones oscuros y sombras tenebrosas.

Hay mujeres que no te puedes permitir dejar escapar. Aunque supongan un punto de inflexión. Aunque hagan cuestionar todas tus prioridades, valores y satisfacciones.

Nunca sabremos si Martin hubiera encontrado la mujer irremediable aquel diez de mayo en el autobús de la ruta 94. Solo sabemos con seguridad que esas mujeres deliciosamente rebuscadas existen y que compensa arriesgar.

Yo no pierdo la esperanza  de que algún día él pueda dejar de martirizarse y cambiar de ruta de autobús con la tranquilidad de que si ha de ser será. En la vida solo hay que desear. Cerrar los ojos y dejarse llevar.


Lorena Burcat.

lunes, 7 de julio de 2014

Tres semanas después.


La vida cambia en un abrir y cerrar de ojos. Un guiño. Una sonrisa torcida y podemos empezar a despedirnos de la cordura. Hace tres semanas las dudas empapaban mis días. Las confusiones eran  parte de mis constantes vitales.

Mirar atrás y ver los cambios es un tanto extraño. Venimos del mismo lugar. De omitir a pasivas nuestros sentimientos. De no preguntar porque sabemos que las respuestas no serán. Mejor no avancemos no vaya a ser que acertemos. No vayamos a encontrarnos con afirmativas. No tengamos que aceptar lo evidente.

Siempre hemos hablado del amor como algo que jamás llega. Y que si algún día llegará seguro pasaría de largo. Eso no es para nosotras.

Quizás necesitaba un viaje hasta Colombia para darme cuenta que lo esencial es invisible. Que al final todo es cuestión de piel. Que huir podemos seguir huyendo de por vida. Echar a correr sin mirar atrás. El problema es que de la única persona que no podremos huir por muy lejos que lleguemos es de nosotros mismos.

Así que paremos. Respira e inspira. Y observemos a nuestro alrededor. Todo continúa absolutamente igual. Ningún cambio aparente. Pero en el fondo nada consigue ser impasible al paso del tiempo. Hay preguntas que no sabemos contestar.

Tres semanas atrás algo cambio en mí y decidí darme una oportunidad. Una oportunidad para demostrarme que cualquier cosa se puede lograr. Solo hay que desearlo de verdad. Exactamente no sé qué va a pasar. Pero estoy dispuesta a vivirlo para contarlo. Hoy empieza una nueva etapa.
Punto y aparte.


Lorena Burcat.

domingo, 6 de julio de 2014

Por los siguientes veintidós.

Un año más. Un año menos.





El tiempo se evapora. Se volatiliza cuando sabemos aprovecharlo. Cuando hacemos que las cartas que un día repartió el destino jueguen a nuestro favor. 

La distancia se reduce o se amplia. Depende del día. Depende de nuestro estado de ánimo.

Creo, que tras veintidós años a tu lado queda poco por decir. Simplemente sé que jamás me cansare de repetirte que GRACIAS. Gracias a mi prima pequeña aprendí el valor de la complicidad. Lo divertidas que pueden resultar las noches a la fresca en un diminuto pueblo al norte. La alegría de crecer en una gran familia. Entender y grabarnos a fuego el significado del amor incondicional. Saborear en nuestro propio paladar la magia de entendernos sin tan siquiera mediar palabra. Las magnitudes del ser agradecidos.

Un año más o un año menos. Todo varia. Depende de la perspectiva desde donde decidamos vivir la vida. Por eso sé que la distancia me enseña a disfrutar al máximo cada instante que puedo pasar a tu lado. Que cada abrazo cuenta como mil y que cada sonrisa se almacena para seguir hacia adelante cuando haya temporada baja y no haya viento que sople las velas para seguir avanzando.

Me fascina ver en la mujer tan genuina en la que te has convertido. Este año lo has logrado, te has graduado. Y no es algo que cualquiera pueda decir. Sé que es la primera de muchas alegrías que celebraremos.

Nos hacemos mayores y con el tiempo y el paso de los días las prioridades cambian. Pero jamás cambiara la prioridad de ver a mi prima pequeña ser feliz. Porque aunque solo son unos meses siempre me ha gustado ser la mayor. La responsabilidad que eso conlleva. Y aunque lo que se supone que una primar mayor te ha de enseñar, en nuestro caso, la mayoría de veces ha sido al revés es divertido vernos jugar entre bambalinas de este gran escenario que es la vida.

Sigue soñando. Fracasando. Levantándote y luchando. Porque solo persistiendo e ilusionándote el éxito puede llegar. Por todos estos años. Por los que quedan. Por los siguientes veintidós. Felicidades pequeña.

Te quiero,



Lorena Burriel Catalán.