Mama siempre contaba que quien lee descubre mil mundos en solo una lineas. Que no existen fronteras, ni barreras infranqueables. Que leer es saber. Y quien sabe tiene el poder de decidir hacia donde se quiere dirigir.
Crecí entre mundos de fantasía nocturna leyendo las trepidantes aventuras de Tintin y Asterix y Obelix bajo las mantas. Iluminando las guerras de Galos contra Romanos con una linterna un tanto pobre de luz pero que permitía iluminar mi espíritu lo justo y necesario para combatir por el bien a su lado.
Un día descubrí lo interesante que era poder recrear mundos imaginarios en un trozo de papel. Lienzos en blanco para la diversión y la expermimentación. Nadie podía cortarme las alas a pintar las mayores batallas por la igualdad.
Hace un puñado de meses, sin saber como ni porque, decidí que en el mundo "real" existen mil y una aventuras que disfrutar. Entendí que la libertad esta en poder escoger el siguiente destino a conquistar.
Hace año y medio acepté el reto de desplegar las alas y empezar a volar. Nadie dijo que los principios fueran fáciles, pero peor hubiera sido no arriesgar. Quedarme conforme con la vida plana y monótona que se percibía al final del camino.
Cada mañana es un nuevo desafío. Un reto perpetuo al que me fascina enfrentarme. Porque cunado cedemos parte de control a lo desconocido es cuando empezamos a conocernos a nosotros mismos.
Se que cuando sea mayor les contaré a mis nietos, si es que eso llega a acontecer, que la mayor historia que les puedo ilustrar se consigue con un billete de tren o de avión en mano y un mapa en la otra. Que una sonrisa es la clave para abrir la puerta a cualquier nueva cultura. Y que si hay una aventura que valdrá la pena relatar en el futuro es nuestro transcurso en descubrir en que lugar acabamos encontrando el verdadero significado del hogar.
Lorena Burcat.